Como siempre, desayunamos fuerte.
Antes de irnos, volvimos a la tienda de souvenirs a por algunas cosas que nos faltaban (4’50) y de allí nos dirigimos a Inverness. Por el camino vimos un cartel que nos indicaba Rogie Falls y nos paramos a dar un paseo por el bosque y estirar las piernas. Tengo un buen recuerdo de ese rato corriendo con el niño por los senderos y buscando el mejor sitio para ver las cascadas. Sobre las 11’30 salimos de allí y llegamos al punto donde teníamos que coger el barquito para hacer un mini crucero para avistar delfines. Confirmamos la reserva (25 libras) y aprovechamos para poner gasolina (34 libras) y acercarnos a ver el castillo y los alrededores. La verdad es que nos dio un poco de bajón porque sabíamos que dejábamos atrás la parte natural del viaje, donde el paisaje se nos mostraba con toda la fuerza que podíamos imaginar y pasábamos a una parte más monumental, más urbana… y quizás eso nos hizo no ser muy objetivos con nuestra visita a la ciudad. A la hora prevista salió el barco e hicimos el crucero. La verdad es que si vimos delfines (bueno, los vi yo, porque mi chico se quedó con el niño para que yo pudiera hacer fotos) pero lo que es el trayecto hasta la zona donde los vimos fue bastante aburrido, el paisaje no nos acabó de convencer y salvo los minutos de delfines, el resto se hizo un poco soso (eso no me ayudó a olvidarme del crucero que salía desde Ullapool y que no íbamos a poder hacer…)
Como nos pillaba de paso, intentamos ver el castillo de Mc Donalan, pero cerraba aun más pronto de lo normal (16’30) y como eran y 35 ya estaba hasta la verja cerrada, así que no vimos nada. Paramos en el camino para hacer picnic (por suerte para nosotros, en Escocia es frecuente encontrar las típicas mesas de picnic de piedra a pie de carretera) y nos dirigimos a nuestro destino de relax, Cromarty, viendo como, definitivamente, los paisajes escandalosos nos habían abandonado. Al llegar a nuestro hotel, nos quedamos alucinados de lo cutre que se veía en relación al precio (era el más caro de todo el viaje) aunque eso si, la habitación era inmensa, pero con un auténtico laberinto hasta llegar a ella. Aun con la mala impresión inicial, la señora que nos atendió y que con su mejor intención había puesto una enorme cama para el niño, entendió que necesitábamos una cuna y la puso enseguida, y decidimos dejar un poco de lado el hotel y dar una vuelta por el pueblo. La verdad es que lo recuerdo con simpatía, porque era increíblemente desierto, no había nadie… mi chico empezó a bromear con que los habitantes eran vampiros que solo salían por la noche, y yo creo que al final hasta nos lo creímos y nos empezamos a animar un poco…
Encontramos un parque que daba a una “playa” y estuvimos un rato jugando hasta que decidimos probar con el bar que había en los bajos del hotel. Estaba genial, porque tenía mesas en la calle, no pasaba ni un coche, daba al puerto con unas vistas muy chulas, y tenían una inmensa selección de whiskys, decidimos que el conductor oficial del viaje bien se merecía un día de descanso y probó cuatro whiskies distintos y otras tantas cervezas. Nos costaba cada ronda de refresco, cerveza y chupito de whisky unas 6 libras, y al final se nos hizo de noche en la terraza viendo los patos y porque yo y el niño ya empezábamos a estar cansados, que si no… miedo me da pensarlo!! Tengo que decir que ese fue el único día que mi chico se metió contra dirección (y no, no fue después de los whiskies sino antes…)
Yo también tuve mi fallo y pedí una “caña” de sidra pensando que era una cerveza típica de allí… Al final el dia nos encantó, el hotel nos encantó y ese día lo pasamos la mar de felices.
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